jueves, 14 de agosto de 2008

Crickit1:Sarpemos a la luna.

Para Gabriela, Norma,Olga, Lilibet y Gina.Las fáunicas.


—Le digo que no puedeser. Mi perro tiene gastritis y no me iré hasta que lo atiendan.

No sabía qué hacer. Me acorralaba sin que pudiera entender lo que me trataba de decir, simplemente su enojo no me dejaba trabajar a gusto.

—Mire señor—le dije tartamudeando— con mucho gusto la ayudaría, pero…

—Pero qué. Mi perro no merece el mismo trato que el del gobernador. Por favor. No me venga con ridiculeces.

—No, no—intenté calmarlo—no es eso, es sólo que no…

—Que qué.¿ Me van a volver a decir que no saben qué tiene, para dejarlo morir como un perro callejero?Eso es no tener corazón, señor.

—Disculpen—se acercó otro señor con un perro escocés con pañales en brazos—¿aquí es el módulo de quejas?

—No, señor—alcancé a decirle—es lo que le he tratado de decir a este señor, pero…

—Ajá. Ahora me trata de “tú”. Mire usted, no le permitiré que me trate como uno de sus amigos. Yo no soy su amigo. Y sí señor—le dijo el primero al señor que acababa de llegar—usted debe quejarse donde quiera, por eso tiene usted su seguro popular para mascotas. Usted debe tener los beneficios que le brinda este seguro. Usted tiene el derecho de que los mejores veterinarios del país, vean a su perro, por eso paga sus impuesto,y para que tipos como este señor—me señaló, y por un momento me alejó de mi desajenación—puedan comer diario.

—Bueno, mire—dijo con más serenidad el señor del escocés—lo que pasa es que traje a Punchis, porque desde hace días está malito. Creo que es bulímico. La otra vez le di de comer, y cuando terminó, vi que se fue al fondo del patio, donde normalmente hace sus necesidades. Pero en la tarde, cuando me dirigí a levantar sus eses, me di cuenta que había vómito.

—pobre animal—dijo el primero, sin su habitual molestia—la bulímia ya es catalogado como una enfermedad, y tiene todo el derecho de recibir atención médica con su seguro popular. Es más, con su seguro debe ir al área de psicólogos, para que le brinden el cuidado que merece su cachorro. Pero cuidado, porque estos gatos—volvió a apuntarme—se las gastan para no hacer su labor. Fíjese que la primera vez que traje a mi perro, me dijeron que no tenía nada. Pero yo seguía viendo a Chokis como que estaba malito. No jugaba con los demás, y no comía bien. Lo volví a traer, pero me volvieron a decir que no tenía nada, que era psicológico, y me dieron unos placebos, para que se los diera después de cada comida. Pero no sirvió de nada. Y yo, con mi intuición de padre, seguía estoico. Sabía que algo malo tenía. Decidí consultar a un veterinario particular, y me dijo que mi perro tenía gastritis. ¿Lo puede creer? Mi perro estaba con un fuerte dolor, y no supieron, o no quisieron decírmelo aquí; en el seguro. Hijos de la chingada.

—Mire, señor—dije con más fuerza—no permitiré que me ofenda de esa manera, yo lo he tratado con amabilidad y, por lo menos, meresco el mismo respeto. Le he tratado de decir que aquí no es el área de…

—Disculpen—dijo una señora con un chihuahueño bajo el brazo izquierdo—¿con quién me puedo quejar sobre las medicinas que me dieron para pancholín?

—Está en el lugar indicado, señora—dijo el primero que había llegado.

—No, no—dije ante el pequeño alboroto que se estaba formando—aquí sólo es el área de información.

—Pero es que no encuentro el departamento de quejas—dijo la señora recién llegada— y lo único que hay parecido es este módulo.

—Es que no existe un departamento de quejas, señora—dije con desarie.

—¡Ajá!—alcanzó a rematar el primero, mientras el señor del escocés marcaba con la cabeza un “no” de incredulidad—No puede ser. Estos del gobierno sí que nos la jugaron. Dicen darnos la mejor atención para nuestras mascotas, pero no ponen un módulo para quejarnos. No puede ser. ¿Ese es el cambio que nos prometieron?

—¡Cotooooooooooooó!

—Disculpen señores—dijo un nuevo hombre de traje, que traía un loro grande, que tenía un ojo semisalido—con quién puedo reportar estas reaciones de mi loro.

—Pobrecito—dijo la señora al ver el ojo expuesto del loro—¿Qué le paso?

—Primero les diré cómo se llama, para no ser descortés—dijo el trajeado—Se llama Edson. Y en realidad, no sé lo que le pasa. Pero un doctor, el veterinario Adrián Mena, me recetó unos antibióticos, y ayer por la mañana, noté horrorizado, que a Edson se le había salido el ojo, y parloteaba como loco. Además, creo que esos antibióticos le han hecho más mal que bien, porque ya no dice mi nombre ni de nadie de mi familia. Estamos asustados en mi casa…

—Y con razón—dijo el primero que había llegado.

—…y más porque ahora sólo alcanza a decirle leperadas a las mujeres que pasan cerca de la casa. Edson no era así.

—Pues tiene todo el derecho de quejarse, mi amigo—dijo el primero, que parecía ser el líder de esa recién junta de ciudadanos—Por eso estamos aquí, para quejarnos por los malos tratos de estos inútiles del seguro. Eso que le hicieron a Edson es, fácil, una negligencia médica. Y vaya usted a saber si esas pastillas que le dieron no le pueden causar una embolia al pobre.

—¡Ay, no!—dijo la señora.

—Por eso ya le suspendí la dosis—dijo el señoir del loro.

—Bien hecho—dijo el primero—mi perro tiene una terrible gastritis que lo está matando—yo veía al perro que nisiquiera emitía ningún gesto—San Sebastián está arrastrándose de dolor, mientras que estos cabrones, con una mano en la cintura, me dicen que no tiene nada. Les importa un carajo lo que les pase a nuestro seres queridos. Y lo que más me encabrona, es que esa gastritis que está matando a San Sebas, pudo haberse evitado si se hubiera atendido a tiempo.

—Sí—dijeron todos.

—Una pregunta—dijo el del escocés—¿por qué le puso San Sebastián?

—Ah—dijo el primero con una sonrisa, y con la voz más educada—pues es que fue un regalo que nos dieron los padres de mi esposa, cuando fuimos a San Sebastián, en nuestra luna de miel. Y pues, como nos gustó el lugar, el nombre y el perro, decidimos ponerle así a nuestro nuevo miembro familiar.

—Es muy bonito el nombre—dijo la señora.

—Sí, gracias.

—Perdonen—alcancé a interrumpir—pero debo reafirmar que este no es un módulo de quejas…

—¡Tataaaaaaaaaaaaaaaá!—chilló el loro, mientras pendulaba su ojo.

—…pero sí existe un lugar donde se pueden quejar. Se encuentra—señalé a sus espaldas, a unas oficinas—ahí. Pregunten por…

—¡Oígame!Mire cómo dejaron a Marnín—y una joven con el pelo mal amarrado y una sudadera rosa, me puso en la cara un gato marrón, con la boca espumosa, y los ojos blancos—¡se está muriendo!¡qué chingados le dieron!

—¡Pobrecito!¡Pobrecito!—dijo la señora del chihuahueño, mientras se llevaba las manos a su cara en señal de horror.

—¡Está apunto de entrar en shock!—gritó el señor del escocés—¡es una emergencia!—gritó a los lados, pidiendóle a los enferemos su apoyo—¡Una camilla! ¡Pronto!

—¡Cotooooooooooooooooooó!

—¡Marnín!¡Marnín!

—¡ya entró en shock!—gritó el primero, mientras el gato se convulsionaba en el suelo. Se retorcía como Siete cueros con sal—¡ayúda, porfavor!¡Usted—me señaló—¡pida ayuda. Pida una camilla! ¡haga algo!

—¡Cotooooooooooooó!¡Cotooooooooooooó!—y al tercer chillido, se le cayó el ojo al loro.

—¡Ayyy!¡Se le cayó su ojo!—dijo la señora, mientras señalaba el órgano en el suelo.

—¡Edson!—gritó el de traje—¡Edson! ¿estás bien?dime algo.

—¡Cotooooooooooó!¡Tataaaaaaaaá!—y agitaba sus alas, como si quisera volar.

—¡Edson!¡Tranquilo!¡¿Estás bien!?

—¡Una camilla!—gritaba el primero—que se muere un gato.

—¡Marnín!¡Marnín!aquí está mamá. ¿Me oyes?

—¡No puede ser!—dijo la señora,mientras le tapaba sus ojos a pancholín.

—¡Edsón!¡Cálmate!

—¡Cotooooooooooó!¡Cotoooooooooooooó!—y revoloteaba alrededor de la cabeza del trajeado.

—¡Háganse a un lado—dije, ya no pudiendo soportar tanto caos—yo sé RCP.

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