martes, 26 de agosto de 2008

Agentes y Quimeras: La palabra



Uno dice “¡En la madre!” cuando se le olvida o le pasa algo inesperado. Esta expresión, y cualquiera derivación de esta, tienen como fin ulterior, y anterior, el de reinformar al conciente e inconciente. ¿Por qué carajos tenemos que comprometernos a decir una leperada para terminamos de enterar?

El fin congnositivo de una expresión de ese tipo fue vaticinada desde de los antiguos. Sócrates creía que las cosas tienen un fin concreto, y que no va de la mano con el verdadero. Platón sugería un fin fuera de nuestro entendimiento. Aristóteles creía que todo fin nace y muere con el hombre. Todo parece ser un enigma en un problema tan simple que no lleva más dificultad que el de basarse en las vivencias propias. Sin embargo, esta simple cuestión merece más seriedad de la que uno puede ofrecer.

La expresión que es lanzada desde nuestros más recónditos y negros interiores no es un llamado para un segundo o tercero. Es más una reacción personal. Es una expresión de nosotros para nosotros. Descartes mencionaba que cada insulto o injuria debía ser una medida casi identica al valor de la sopresa. Es por eso que cuando uno está ante un acto demasiado caragado de asombro, nuestro léxico se hace insuficiente y sólo decimos como loros: “¡Verga se le desprendió la cabeza. Verga. Verga, rodó hacia mis pies. Verga!”


El acto de sorpresa, de asombro, de estupor, es un fenómeno fértil para la gran nación que es la palabra, ya que va desde la búsqueda de una expresión que vaya acorde con un acto o acción, llegando a los límites del campo de la invención. En ese sentido, todos colaboramos con nuestro poeta interno.

El insulto es una reacción, como una respuesta espontánea a una sorpresa. Se insulta para sopesar la sorpresa. Sin embargo, hay algo más que redunda y que nos señala como faltante a esta razón. Ese algo tiene que ver más con la maldad y la bondad del ser humano.

El insulto tiene su mérito oscuro. Es decir, se han llevado, a las palabras denominadas “insultos”, a un exilio que las convierte en palabras prohibidas. Lo prohibido, a lo largo del tiempo, se ha manifestado como un acto que va en contra de la naturaleza; después que va en contra de Dios, y por último, que va en contra de la moral. Esas características se han encargado de matizar “lo prohibido” como un acto absolutamente demoniaco e inaceptable. Nosotros nacemos con esa carga histórica de prohibición, y desde niños nos obligan a no intimar con esas palabras, ya que sólo se encargarán de mal llevarnos al camino de la perdición.

Esa gran excepción de palabras nos frustra la manera en que debemos expresarnos. Parecería muy buena esa afirmación, sin embargo, la verdad ha sido otra. La gran excepción de palabras, ha ocasionado que impidiéramos ese gran derramamnento verbal, y por consiguiente, expresivo; y se ha limitado a un uso exacto, en momentos donde se necesitan dichas palabras o expresiones. En otras palabras, ha servido de un gran colador, y nos ha formado a usar, de forma necesaria, dichas palabras. Ese uso discriminado de palabras, ha hecho que los insultos tengan un fin. Qué acto más atroz.

Emerson dijo, las palabras son los fieles reflejos de una sociedad, refiriendo que el trabajo de un poeta (si tiene alguno) es el de mostrar un espejo al hombre, las palabras obscenas se convierten en agentes reguladores del humor y el sentimiento que invaden y concisan el pensamiento del ser humano.

Sencillez y pulcritud, son las bases que fundan las palabras que usamos a diario. Irreverencia, complejidad, sinceridad y una gran dosis de humor, es lo que caracterizan a las palabras que catalogamos como insultos.

Es por eso, que en el ejercicio que cumple el lenguaje, que para William Burroughs es de quimera que impiden al hombre ver la realidad, los insultos se erigen como escaparates, como somas ante la aplastante e invisible garra de pájaro que nos estrangula desde nuestra moral.

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