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viernes, 23 de abril de 2010

Per sé


III

—Las cosas sí son como se ven. Eso es una verdad evidente, y aquel que no lo cree es que no quiere ver. Te diré una cosa, cabroncito, pero así como me ves estoy más curtido que cualquier pendejo que conozcas. A mí no me pueden hacer pendejo, nadie me ve la cara. He visto miles de caras en mucho tiempo y conozco cuando un caguengue se quiere pasar de listo. Sólo enfundo esta madre — agarra su pistola—y le meto uno en la frente y chingar a su madre la pendejada, ¿entiendes? Y te voy a decir algo que te va a servir en la vida, nunca perdones las cosas, las puedes dejar pasar pero no las perdones porque tú no eres basurero de nadie ¿me entiendes? Y el cabrón que se que cometa un error o se agandalle de ti, nunca le olvides la cara, siempre llévatelo a tu nariz porque ese buey seguro te puede robar la carne. Y te voy a decir una cosa más, siempre ten la boca fresca, nunca dejes que se seque porque cuando está sin agua o alcohol, las cosas salen de la chingada. Siempre debes tener para escupir.


El joven escuchó y asintió con miedo mientras veía todos los gestos del “Pusilánime”. No podía mirar a otro lado que no fuera a la mano derecha de su interlocutor, porque pensaba que en cualquier momento le podría disparar en la frente. Ya se imaginaba su cabeza en alguna esquina de la alcaldía de la ciudad.


—Mira papá, es bueno que me tengas miedo, eso me hace confiar en ti. No te voy a hacer nada. En palabras más bonitas, ninguna bala mía quiere tu sangre. Yo sé que crees que cometo errores y no te culpo; sí los cometí, pero ahora mira—y se aporreó el pecho con la derecha—pura perfección cabrón. ¿Y sabes por qué? Porque el tiempo me ha enseñado—le dio un sorbo a su bebida—¡ahhh, cabrón! Sí, pendejo, los años. ¿Cuántos años crees que tengo?


El joven se quedó callado, no supo qué decir. Lo miro bien y contestó.


—40.


—¡40! ¡Ja!¡ No chingues! ¡Este cuerpo tiene 36!—y mostró sus pocos músculos—pura galleta.¡ Por esa pendejada te debería meter un plomazo en el culo! Pero bueno, tengo 36—le dio otro sorbo a su bebida—pero ven, te voy a decir un secreto—se acercó a su oído y el joven paró oreja—en realidad tengo 96 años.


El joven se alejó un tanto y sonrió pero vio que “pusilánime” no reía.


—Tengo 96, por eso me las sé de todas todas. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que sé que no me voy a morir, pana. La gente cree que tengo 36 años porque tengo este cuerpo pero la verdad es que tengo más años. ¿No me crees verdad? Pues me vale verga. Te estoy diciendo la verdad—y le dio el último trago a su bebida.


El joven no sabía qué hacer, era un momento de silencio, un momento incómodo, porque no sabía si reírse o quedarse serio, porque si su risa era una señal incorrecta era probable que fuera la última. La silla se le hacía incómoda y ya no escuchaba ruido afuera, los ayudantes de “pusilánime” parecían escuchar lo que sucedía con él. El joven creía que los gatos esperaban el balazo en su frente.


—Así que, güerito, acuérdate bien. Porque sé que eres una buena gente y me estimas por ser a toda madre contigo ¿no he sido a toda madre contigo?


—Sí, señor.


—Entonces quiero que me ayudes, dime, dónde fueron la vieja buenota y el pendejo de camisa rayadas. Necesito saber dónde fueron estos pendejos porque ellos tienen algo mío. Me robaron. Dónde se fueron después de comer sus garnachas.


El joven no hablaba. Parecía que quería desmayarse, y un zumbido empezó a ser más penetrante para él. Sentía el corazón en la garganta. Su cuerpo sabía que era un interrogatorio que le podía costar la vida.


—Mira, güerito… ¿cómo te llamas?


—Abraham.


—Abraham, mira, sólo necesito que me digas qué dirección tomaron y lo demás corre por mi cuenta. Sólo me tienes qué indicar hacia dónde jalaron. El resto se lo dejo a mi nariz. Porque ¿sabes? Yo puedo olerlos. Sólo que aún no puedo adaptarme a esta pinche ciudad. Sólo dime para dónde, y créeme, te va a ir a toda madre. Sólo necesito que me digas para dónde.


—La verdad no sé, señor. No recuerdo.


—vamos, Abraham, yo sé que puedes acordarte. Sólo dime.


—en serio señor, no sé a dónde jalaron.


—¡Mira pendejo! ¡Agarra tu pinche dedo de mierda y sólo dime hacia dónde jalaron! O te juro que te va a ir…—se calló por un momento y quiso beber otro trago pero vio que ya no quedaba nada en su vaso de vidrio. Respiró hondo y vio hacia el techo, para después volver su mirada hacia el joven—… ok, mira Abraham, no tengas miedo, sólo dime hacia donde se fueron, sólo tienes qué decirme hacia qué lado de tu puesto se fueron, hacia la derecha o hacia la izquierda, y en qué calle se metieron. No te voy a hacer nada si no me dices nada, te lo juro, sólo quiero que no me mientan, y te juro que a ellos no les voy a hacer nada, si es que no quieres cargar con una culpa.


El joven quería llorar. Sabía que podía ya no ver a su madre, a sus hermanos. Lloró porque no sabía para dónde “jalaron”. Se culpó por no haber prestado atención. Él estaba fastidiado del trabajo, ay no quería estar trabajando en el puesto de su madre. Ahora que tenía a una víbora frente a él, se sintió arrepentido. Todo lo que quería era irse a su casa y abrazar a su madre. No quería dejarla sola. No quería morir. Lloró como el niño que aún era. Y si sólo le mentía, pensaba que con los del narco no habían pendejadas. Podrían irlo a ver a su casa y masacrar a toda su familia.


—Le juro señor que no me di cuenta, yo estaba trabajando y no me di cuenta hacia donde se fueron. Sólo trabajaba de mala gana—y atropellaba las palabras porque no podía hablar mientras soltaba su llanto de miedo.


—Ok, Abraham, te creo, no llores. Te creo. Sólo te pido que te esfuerces un poco, eso es todo. Sólo te pido ayuda y nada más. No te voy a hacer nada, en serio. Créeme. ¿No te dije que todo lo que ves es la verdad?


El joven se calmó. Creyó en que no quería hacerle daño. Parecía que podía salir de esta. Que sólo tenía qué esforzarse, y quien sabe, quizás recuerde hacia donde jalaron. Respiró un poco. Cerró por un momento los ojos y se esforzó en recordar. Recordó fragmentos: 4 garnachas el joven…3 la chava… risas … El futbol que no entendía… El calor… El señor que se limpiaba la boca… Las servilletas que se acabaron… 2 coca colas para la pareja… las nalgas de la muchacha… Sus botas… “¿tienes chile?”… el albur que pensó como respuesta… limpiar la mesa… pagaron los jóvenes a Olga… sintió que corrieron los jóvenes a su espalda.


—¡Ya!¡ A la derecha de mi puesto, señor! Corrieron en dirección a la Luis Donaldo Colosio. Pero no sé hacia qué calle doblaron, podría ser o a una esquina de mi puesto o dos, porque después ya no los vi, no creo que hayan corrido tan rápido.


—Muy bien, eso puede ayudar un poco. ¿Lo ves? No era tan difícil. Ahora sólo te acompaño a tu puestecito ¿ok? Vamos, párate.


Y cuando se estaba parando recordó “Lo que ves es verdad”… “Tengo 96 pero tengo cuerpo de 36”.


—¡Ah! La bendita contradicción.


Y sus ojos se abrieron más de lo debido.

lunes, 5 de abril de 2010

La promesa muda

(Del libro inédito Artilugios consumidos, tomado como continuación y base de Per Sé)


Dentro de las displicencias de los dos

Tú sabes lo que me gusta.

Sabes cómo, cuándo y dónde.

No hay que ser un mago para saber lo que me mueve



Eres un mar revuelto

Cambiando las escenas de tu cara

Las facciones de tu espalda

Es difícil saber dónde parará el camión



El lago está tranquilo

Sin más recato que la pequeña zona que conoces.

En donde el pódium es para los dos

Donde somos siameses con un ojo.



Sin sarcasmo es mejor

Donde los caballos se sienten más tristes

Con su sudor a cuestas

Ahí es donde te llevaré

Porque al ahogarme pregunté por ti

Y alguien me contestó que la salida estaba en mis manos

No hay miedo, no hay fuga

Todos corrieron a la deriva y tú te quedaste aquí

Conmigo

Porque es lo que quise

Y es lo que querré

Que entres a mis venas y las hagas polvo

Porque no me queda más remedio

Que fundirme en tu filamento

Ya es tarde

Se me hace tarde

Y no lo puedo soportar

Por la sonrisa de tu calavera

Por la sabana de tu vientre

Me voy a hundir

Sin que nadie me despierte

Sin que nadie se alarme

Y si así lo hicieren

Los tomaría por el brazo

Y los llevaría conmigo.

Donde las ciruelas se dan a la luz de la luna.

viernes, 5 de febrero de 2010

(Persé)

II

El hombre estaba sentado junto al lago. Michoacán antes era un lugar muy apacible. El hombre se quedó sentado largo rato, pensar era lo único que podía hacer. La sangre en sus manos hacía visible la violencia y la agitación que había pasado. Era una sinfonía vertiginosa en su cabeza. Las lágrimas eran comparsa perfecta para el sabor metálico de la sangre. Gritos, aullidos, disparos, llanto, eran convulsiones apagadas frente al grillear de la noche. Quería fumar, pero su mano temblorosa evitaba que encendiera el cigarro. El hombre quiso gritar pero no quería romper esa calma. La luna era una promesa en ese morir del sol. El lago era el único testigo de la aflicción del hombre, así como lo ha sido eternamente. Esa agua que no es salada pero tampoco dulce. El lago se había encargado de borrar miles de litros de sangre y era estúpido pensar que no podría borrar un poco más. El hombre metió sus manos en el agua y trató de quitarse la sangre que manchaba sus manos. No podía. Lloró cuando vio que no podía eliminar un poco de aquella sangre, y lloró más cuando recordó que era de su hija de 4 años. La sangre no quería dejar las manos de su papá, así como lo había hecho el cuerpo entero de la niña cuando la llevaba al kínder. El hombre se tragó su llanto. No quería regalar ningún recuerdo.


El hombre se sentó en la orilla. “No es justo” se dijo y la rabia se apropió de la tristeza. Pegó un grito y ni el eco no tuvo el valor de aparecerse. Vio el cielo y la noche estaba ahí. Pensó en ella como no lo había hecho antes. “Porque cuando está a lado, a veces se nos olvida que está”. Y recordó su rostro, su cuerpo desnudo, su cara, su llanto. Y la tristeza peleaba por sobrevivir ante la rabia. Peleaba con honor. Y vio el lago. Prendió su cigarro y lo fumó. Sus dedos mojados humedecieron parte del cigarro. No se dio cuenta y le dio otra fumada. “¿Por qué? ¿Qué pasó?” son preguntas que nunca se contestarán porque la lógica a veces pierde ante la espada del azar llamada coincidencia. Pero claro, él lo ignoraba. Fumó su cigarro nuevamente y el fuego había llegado a la parte húmeda. Era todo. Tiró lo inservible. Tiró lo que no le hacía falta. Vio el agua y notó partes turbias en el lago. Pensó en ella, la pequeña Sandra. Recordó que le había desobedecido al llevarse esa paleta que estaba tirada en la calle. Se la había metido a la bolsa. Vio aquellas partes del agua enredadas que se acercaban a la orilla. Notó que la luna era linda. Más linda que de costumbre, y quiso meterse al lago. El frío del agua lo despertaría. Se metió poco a poco. Era agradable sentir el agua chupar su ropa. Con eso podría quitarse el olor a sangre. Y se zambulló. Salió y de nuevo se sumergió. La parte turbia, se movía hacia él. El hombre no lo notaba, se seguía sumergiendo y se frotaba la cara para quitarse aquel olor. La luna hacía brillar el agua. El lago de Michoacán no había sido tan cristalino como en ese día. Eso pensó el hombre, sin embargo ignoraba algunos días. Recordó la historia del lago que había escuchado en la escuela de niño. El agua turbia se acercaba a él y no se daba cuenta. El hombre se acercó a la orilla, en donde el agua le llegaba arribita del ombligo. Vio su reflejo y recordó el hermoso significado del lago. Sonrió. De repente, se perdió su reflejo. El agua turbia había llegado a él y lo había devorado.

lunes, 25 de enero de 2010

Per se (tentativo)


—No hay tiempo para coger— me dijo y se bajó de mí, algo perturbada.

—¿Qué? ¿Por qué?—pregunté mientras me subía el pantalón aún estando tendido en la cama, mientras que ella se ponía su sostén y agudizaba el oído.

—¡Ya vienen!—me dijo alterada pero bajando a voz.

No podía creer que tan pronto llegaran. Estábamos seguros de que los habíamos perdido, incluso habíamos tomado dos taxis para alejarnos lo más posible. En ese momento me retumbó las palabras del “Pusilánime” por el teléfono: Puedes correr pero tu sombra y tu olor te delatan.

—¡Apúrate, vámonos!—me palidecía Rocío. Yo estaba shockeado por la forma tan rápida en que nos habían localizado. Pero no escuchaba nada, sólo confié en el oído de Rocío—tendremos que salir por la ventana, lo bueno que estamos en el tercer piso.

No había escuchado nada, sólo seguía con la vista a Rocío. Seguramente era la paranoia lo que la hacía oír pasos. La adrenalina de hace unas horas no puede bajarse tan rápido como lo hace suponer Rocío. Pero su comportamiento era raro, después de ver a dos personas morir de la manera tan horrible (uno decapitado con alambres y otro a martillazos), podía tener tiempo para “montarme” de esa manera, aunque sea por unos minutos, en el mismo día. Era raro. Empiezo a pensar que todo esto está coludido.

—¡Apúrate!, ¡ya vienen!—me dijo y pude escuchar cómo murmuraban “tu en la dos, nueve, tú en la dos, ocho y yo en la dos, diez”. Eran ellos, no había duda.

Estábamos en la 213 y tenía la aorta pegada a la garganta.

—¿Listo? Yo salto primero y me sigues— me dijo mientras metía un revolver en su espalda.

—O-o-o-k.

Nunca había visto una pistola en mis manos, y lo más cerca, era en el cinturón de un policía, y no era revolver. No sé, pero nunca me han traído confianza los revólveres, sé que no los he visto, pero lo que nos presenta el cine me es suficiente para tenerles desconfianza. Seis u ocho balas no me son suficientes. No confiaría en mi procaz puntería. Por otra parte, no soy tan valiente para tener la pistola. En cambio, Rocío es mucho más valiente y con, al parecer, más familiaridad. Mi valentía se tendrá que conformar con el salto de tres pisos. Y lo peor, es que sufro de vértigo.

Bajó ella con demasiada facilidad. Siento que los pasos afuera se están acercando. Casi puedo sentir temblar el piso. Noté cómo bajó Rocío.

—Primero saca una pierna y deslízate, mantente colgando un momento y te dejas caer.

Parecía fácil, pero mi peso, mi vértigo y mi falta de atletismo me complicaban el acto.

—Despacio, hazlo despacio.

Es fácil decirlo Rocío, pero hay matones que nos persiguen. Me dejé caer al segundo piso cuando escuché cómo abrieron la puerta. Me apuré al bajar. Me deslice rápido y me dejé caer. Me celebré cuando recordé haber cerrado la ventana para que no supieran que nos salimos por ahí. Entonces no sabrían que estuvimos ahí y seguirían con el resto de los cuartos. Me dejé caer al suelo y sentí un sopor en la planta de mis pies. Mis tobillos resintieron la caída.

—¡Vamos, cariño, vámonos rápido que nos agarran los cabrones!—me dijo Rocío mientras me jalaba de la mano.

Corrimos con todo, di lo mejor que podía, y me empeñé más cuando oí rechinar las llantas de un carro. No quise voltear. Quizá por el miedo de ver quién me disparara en la cara. Quizá porque creía que si no volteaba, desaparecerían de un plumazo.


Disculpen los errores que pueda tener, es un inicio y quería compartirlo. Ya veremos luego cómo desemboca.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Pollo Agridulce (Deliciosa te voy a lamer)


Para Nallely.


Las lámparas del lugar son muy bonitas. Llego sólo al restaurante porque mi compañera me dejó plantado y no voy a hacer el ridículo de quitarme después de que todo el mundo me vio parado esperando. Dirían “pobre perdedor, lo dejaron ¿qué creía?” Pues me quedo, tomo mi lugar y voy a comer, porque lo puedo hacer, no importa que me vean solo. Además, no estaré sin compañía por mucho tiempo, sólo tengo que mirar y atacar. Aquí hay muchas presas lindas. Nadie se me escapa. Mi madre me vestía siempre como un dandy, de caché, me decía que debía estar guapo para las niñas. Todo recae en la actitud. Eso nadie lo sabe. Está en la actitud y en la caricia espiritual. Todo se abre según las palabras adecuadas. Como Ali babá. Nadie lo sabe.


¡Ah! Ahí hay una linda criaturita. Dios me la mandó, está solita. ¡Ayy papá, ya chingué! Qué oportunidad. Gracias Dios, tú no cierras la puerta sin dejar una ventana abierta, y qué ventanota. Está mirando la carta. No me ha visto, ella se lo pierde. Y mejor así, no sabrá qué la picó. Llegaré y la envolveré con mi magia. Caerá rendida a mis pies. Esta noche será mía.


Antes de dirigirse a ella, Wilberth tuvo qué decirle al mesero con un gesto que esperara un momento cuando le daba la carta. Se peinó mientras se veía reflejado en una cuchara. Se olió la camisa para saber si la fragancia aún estaba ahí. Se paró sin quitarle la vista de encima y se deslizó hacia ella en silencio.


—Buenas noches. ¿Por qué tan solita?—dijo con una sonrisa.


La mujer dejó de ver la carta y lo vio a él. Le pareció una impertinencia la forma en que llegó ese extraño a querer abordarla. Su ceño era serio y contrastaba con la sonrisa estúpida de Wilberth. ¿Qué le pasa a este tipo? Era lo que se leía en su rostro. Wilberth supo que no fueron las palabras correctas e intentó otra entrada.


—Disculpe la imprudencia, lo que pasa es que la vi solita y me pareció noble ofrecerle mi compañía, si es que así lo desea. Digo, sólo para poder comer con alguien. Yo también estoy solo, me dejó una amiga por una emergencia ¿a usted también la dejaron plantada?


—No. Yo como sola.


Esa lápida era pesada. Qué podría hacer. Wilberth no sabía dónde esconderse. Toda la oración era ambigua. ¿El “no” era para que no se sentara? O sólo fue la explicación a su pregunta. Se quedó parado unos segundos en silencio, exactamente donde nada podía decir. Estaba como enfrente de una cobra, paralizado. ¿Dónde quedó aquel cazador?


Soy un cazador. Soy un casanova. Las he tenido más difíciles, papá. Cree que me puede batear fácilmente. Pobre chiquita. Te llevo años. Te llevo sabiduría. ¿Se dirá así, “te llevo sabiduría”?


—¿Y por qué sola? ¿no sabes que la digestión es mejor cuando se habla? Y para no parecer un loco, es preferible hablar con alguien. ¿Puedo?— agarró una silla y se sentó.


Ella miró con asombro la silla que él agarraba y cómo se sentaba con displicencia. “Qué le pasa. Qué imprudente” pensó. Sus ojos sólo hablaron.


—Juro que no seré imprudente. Si te parezco inoportuno e insoportable, me voy ¿te parece?


Es hora de embelezarla con mi verborrea. Es evidente que puedo mantener a alguien atento a lo que digo, pues sí que he leído y tengo cantidad de temas. Por eso me suscribí a Selecciones.


—Qué calor. Está cañón el calentamiento global ¿no? En unos años tendremos el malecón hasta la fuente del parque ¿no?


—Yo no creo en el calentamiento global.


Un silencio se acentuó. Wilberth la veía sin poder decir nada mientras se medio balanceaba por los nervios.


—Este… sí, es verdad, fíjate, yo no creo mucho eso. Es un invento de los medios de comunicación…


—De los políticos.


—…que manejan los medios de comunicación, por su puesto. Qué inteligente que sos.


—¿Por qué hablas como argentino, no eres mexicano?


¡Ah!, con que le interesan los argentinos.


—¿Por qué? ¿te gusta Argentina? Soy medio argentino, mi madre es de Bahía Blanca, y mi padre…


—No, son unos pesados.


—…ah… mi padre es mexicano, y mi madre pues se pasó toda su vida en Chihuahua, y yo pues tuve mi infancia en Almagro. Una infancia muy traumática. A veces se me escapan palabritas por lo traumático. ¿Y tú, de dónde eres? Pues veo que eres blanquita, una piel muy bonita.


—Soy de aquí de Campeche. Que, ¿crees que los campechanos somos unos negros?


—No, no, no, no, pues es que… tienes una piel bonita y pues… yo también. Yo también soy campechano y soy algo blanco.


Qué calvario. Nunca pensó que una mujer fuera tan difícil. Tuvo que hacer un esfuerzo mayúsculo para despertarse y estar vivaracho. La vio bien mientras ella veía la carta.


Es difícil la chicuela. Pero qué lindas manos tiene. Esas uñas pintadas de negro sí que me llaman, ¡Me llaman a chuparlas! Y esos brazos, parece una escultura que brilla. A ver, voy a tirar la carta para ver sus piernas.


—¡Ah!, que tarado. Yo recojo.


¡No pos siempre sí me la chingo! Qué lindas piernas tiene. Ese vestido negro deja ver sus piernas y hacen un contraste muy chingón. No cabe duda que si narrara lo que estoy viendo me pagan en una peli porno. ¡Guau! Tienes unos lindos pies. Son unos de los pies más preciosos que he visto, y esas uñas bien pintaditas… me dan ganas de meterme sus dedos a la boca. Sus piernas están… ¡y sus nalgas! Supongo que han de estar blanquitas, y si así está la retaguardia, la entrada estará mejor. Mi mano quedaría marcada si le diera una…


—¿No me estarás viendo ahí abajo, verdad?


¡Ah cabrón! Si pendeja no es.


—Aquí está. Disculpa., vi un bichito y pues iba hacia ti, pero lo mat… digo, ya no hay problema.


Si le digo que lo maté y es protectora de animales me jode. Tengo que mover bien mis piezas. Sí, que se me pone difícil la niña, y con razón, está preciosa la condenada y lo sabe. Me vuelve loco. Sabe que me vuelve loco y tiene que guardar su tesorito. Pero se jodió, aquí está su Lorencillo para robárselo.


—Soy un descortés, mi nombre es Wilberth. Estoy a sus órdenes.


—Ajá.


¡Ah cabrona! Me deja en suspenso. Pero me voy a aventar. Cree que me tiene, pero no es así.


—Disculpe si soy inoportuno. ¿Podría decirme su nombre?


— Nallely.


—Mucho gusto.


Ya chingué. Está cayendo poco a poco. Cuando menos se lo espere, ¡baum! Estará en mis brazos, besuqueándose conmigo.


—Tú sólo quieres jugar conmigo, sólo quieres sexo.


—No, para nada. Cómo puedes pensar eso. Yo sólo quiero acompañarte a comer. Es todo.


—Ajá.


—Además, yo también, no quiero comer solo.


—¿Y quién ha dicho que no quiero comer sola?


—Vamos, no seas así, sólo comamos.


—Mira, Wil…no sé qué.


—Wilberth.


—Tú solo quieres divertirte conmigo y yo no soy una presa fácil. Seguro eres de los que creen que las mujeres son como trofeos, pero con esta zorrita te amuelas. Yo sólo juego con quien yo quiera jugar.


—Cómo crees que yo pudiera llamar a una mujer “zorrita”. Eso es machista. Para nada, yo soy feminista y…


—No me vengas con eso.


—¿Les tomo su pedido?—interrumpió el mesero.


Vaya si me salvó el mesero. Sólo porque habla bajito esta mujer si no, nos sacan por cacatuas. Qué difícil se pone. Eso me excita. Son da las que se quieren dar a desear con desprecio. Ha de ser una fiera en la cama. ¡Ya chingué! ¡Está viendo la carta y va a pedir!


—¿Todavía sigues aquí?


—Quiero una Ensalada César y un juguito de limón—mejor me hago pendejo y trato de ser simpático.


—A mí me traes un pollo en salsa agridulce, sin calabazas y dos tenedores, por favor. De tomar me gustaría una Sangría. Gracias.


Dijo “A mí”, es decir que me tiene en cuenta. Eso es lo que me gusta de cuando se entabla una relación, cuando una recién conocida me engloba en sus cosas. Soy un chingón, no cabe duda. Mamá, me hiciste con amor, es pendejada.


Y Wilberth volvió a verse el en el reflejo de una cuchara. Nallely lo vio y con cierta gracia le dijo:


—¿Qué, te manchaste?


—Sí.


—Tu hermosa cara—dijo Nallely, con cierto acento burlón.


—Sí, pero no es mía, es de todas las mujeres.


Y Nallely sonrió por primera vez.


Ahora sí, ya te llevó la chingada. Es mi entrada triunfal. Ha caído otra amazona más. Esa sonrisa es mi boleto para contigo mamacita.



Continuará...

miércoles, 22 de julio de 2009

Al silencio


Ya estoy hasta la madre. Basta ya de mamadas. He sido lo más coherente que he podido y he sido lo mejor que podía ser. Y a pesar de esos esfuerzos, nada.


Abrir el corazón sin esperar nada a cambio es un acto de nobleza y valentía, pero que no haya nada a cambio es un acto despreciable y monstruoso.


“¡Que sangre!” dice tu silencio, “A mí que chingados me importa” repite con eco. ¿Por qué carajos tengo que aguantar esto? Creo que no merezco ese silencio grosero y adulador. “¡A la verga!” grito al unísono. “Si no hay nada para mí, es que no importo y no necesito que me lo repitan. A la verga a todos aquellos.” Grita mi silencio. Porque no es justo, porque la vida no es justa y si yo no quiero esa injusticia no tengo porque aceptarlo.



“¡Tu y todos se pueden ir a la verga!” sí señor. Mi silencio es claro y contundente “A la verga todo. Porque yo que hice hablar un papel, hice dangrar mis letras, hice corregir mi estado por ser ecuánime y crucificarme por todo, y no recibo ni la punta de una respuesta complaciente.“A la verga”, dice mi silencio mordiéndose los labios.


Y que no se confunda con una apática falta de respeto. No lo es. Es el resultado al que se le ofende, no a la persona. ¿Quién se cree que soy, un vagabundo insolente? No señor, soy más que eso. Tengo mis limitantes pero soy mejor que eso; y honesto, siempre honesto. “A la verga tú y tu ejército” ¿qué no merezco pasear por una librería o un parque contigo? A la verga con eso.


Puedes tener a quien quieras, eso sí, a quién quieras, y yo ese poder no lo tengo, pero es mejor aquellas personas que se acercan a ver cómo está uno cuando lo ven feliz, cuando lo ven triste y no dicen nada para ofenderlo “A la verga. A la verga tú y tu ejército. No me ofendo, no muestro debilidad aunque sabes que la tengo, pero cuando hundas el cuchillo no voy a llorar o a quejarme. Te veré a los ojos y lanzaré la carcajada más ofensiva que te parezca. Lo lanzaré a tus ojos sorprendidos y llenos de asombro, porque no verás a mejor persona que a mí. No verás a hombre más fuerte que yo. Así será . Lo verás. Sé más que tú, soy más viejo que tú. Ya lo verás” y cuando mi silencio se calló, ya nadie había.



miércoles, 1 de julio de 2009

Un poema ¿cómo va?


Siento una desdicha y desesperación al no encontrar la cohesión en un poema que me ronda la cabeza. Les pondré los versos que tengo. Sin embargo, aún no encuentro el hilo que los unirá. Sólo es cuestión de tiempo. Bueno, en este sentido trabajo mis poemas de mediocre calidad:


desde la penumbra de tus ojos
quiero decir tu nombre
susurrarlo
deslizarlo como si fuera por tu oído,
pero no puedo
una fuerza cálida me impide dejarlo ir.

De aquella fresa de tu boca.


El tema es la desdicha del amor. Sí, el mismo tema de hace algunos días. Sin embargo, creo que es lo último de esa cosecha. Siento que hay imágenes fuertes, sólo que le faltan dirección. Más adelante les pondré el adelanto, o en su defecto, el poema completo. Acepto sugerencias.